lunes, 26 de septiembre de 2011

La alegría del mercado

El mercado me recuerda a cuando era una niña y solía acompañar a mi madre a los mercadillos a comprar la fruta y la verdura. Siempre me acababa comprando algo. Me gusta andar entre los puestos, ver los vivos colores de la fruta, oler la carne cruda y el pescado, ver a la gente con sus carros de la compra... Pero sobre todo me gusta la alegría que invade todos los rincones del mercado. Los dependientes atienden con una sonrisa y los clientes responden con otra. Me gusta también la manera de tratar a los clientes como si fuesen de su propia familia: "cariño, ¿qué te pongo?", "mira, te aconsejo que te lleves esto, te va a encantar, es muy bueno", incluso hay trabajadores y clientes que, por coincidir muchas veces, se conocen y se ponen al día cada semana que se juntan ahí. La amabilidad del mercado engancha, por eso sigue habiendo personas que madrugan cada día para ir, y esa puede ser la clave para que este tipo de establecimientos continúe.







domingo, 18 de septiembre de 2011

Las mil fotos

Nada más despertarme, me pongo las gafas (mis casi cinco dioptrías me impiden ver algo sin ellas), me cuelgo la cámara al cuello como dijo el profesor y saco la primera foto: lo primero que veo siempre al despertar es la puerta de mi cuarto con muchos bolsos colgados y, al lado, una mesita blanca donde guardo mis velas e inciensos. Me levanto y busco mis zapatillas rojas de estar por casa por el suelo de mi habitación. Me miro al espejo y me recojo el pelo en una coleta. 

Voy al baño, me quito la cámara. 

Salgo a la cocina a hacerme el desayuno. La cocina está muy ordenada (aún vivo con mis padres). En la despensa, me fijo en que mi madre me ha comprado mi chocolate favorito. Me preparo leche con capuchino, mi desayuno diario. Lo acompaño con un pan de leche con mermelada casera (la hace mi abuela). Me llevo el desayuno a mi cuarto y enciendo el portátil. Me fijo en que mi cuarto está bastante desordenado, luego tocará ordenarlo. En el portátil veo Facebook, el e-mail de Hotmail y el de la universidad. Pongo la música en el portátil y leo la prensa diaria mientras acabo mi capuchino. Me levanto, fotografío mi mesa desordenada antes de ponerme a ordenarla. Hago otra foto a mi cama deshecha, donde reposa la funda de la cámara. Hago otra al suelo, tres pares de zapatillas tirados, un bolso y mi ropa del día anterior. Me estiro, preparándome para un nuevo día. Hago la cama, mi cuarto va volviendo a la normalidad. Recojo lo del suelo. Ya solo queda la mesa. Con la mesa recogida, mi cuarto parece otro. Saco una foto al cuarto entero, orgullosa de mi labor. Me lavo los dientes. 

Me ducho, dejo la cámara en mi cuarto. 

Preparo la mochila, este fin de semana me voy a Barcelona. Al prepararla, vuelvo a desordenar mi cuarto. Hago unos ejercicios para la clase de ruso. Salgo de casa, mochila, cámara al cuello y hojas y bolígrafo en el bolsillo. Llamo al ascensor. Justo cuando viene me acuerdo de que no me he cogido nada para almorzar y luego tendré hambre, vuelvo a entrar a casa a coger algo. Vuelvo al ascensor. Menudas pintas…parezco una turista, espero no encontrarme con nadie. Salgo al portal contenta por no encontrarme con ningún vecino. Nada más salir, primera foto: una abuela anda con su taca-taca. Un camión indica que un vecino hace obras en su casa. En el parque de mi plaza muchos niños juegan mientras sus padres conversan, leen el periódico, un libro o simplemente observan a su niño o niña. La gente me mira. Por el camino a la universidad veo muchos árboles, yo creo que la primera práctica de fotoperiodismo me ha cambiado, antes nunca me fijaba en los árboles. Los fotografío. Veo mi reflejo en la cristalera de un bar. Sí, parezco una turista. Pasa una villavesa. Un niño llora en su silleta. Veo un coche con muchas (calculo unas veinte) pegatinas de flores. Una mujer me ve y acelera cuando pasa a mi lado, creo que piensa que soy de la tele o de algún periódico y que le voy a hacer preguntas. La gente espera en la parada de la villavesa. Un hombre pasea a su perro. Más árboles en la plaza de los fueros de Barañain. Me fijo en que cumplen la regla de las líneas de la que nos habló el profesor en clase. Se oyen los niños en el colegio. Están dentro de clase, porque el patio está desierto. Veo un perro dálmata. Vuelvo a ver mi reflejo, ahora en un coche. Paso junto a los campos que separan Cizur de Barañain, se observan los molinos al fondo. Paso por la guardería, qué columpios tan pequeños. Pasa un niño jugando con un Action Man. El carril bici está desierto. Más árboles. Un banco vacío en la puerta del instituto. El polideportivo del instituto está abierto, dentro juegan a baloncesto en la clase de gimnasia. Me fijo en que el edificio de la rotonda es redondo, nunca me había fijado antes y paso por aquí todos los días. Anuncios de publicidad con los campos de Cizur y los molinos de fondo. Dos bancos, en uno hay un abuelo y en otro un joven. Los dos miran a las musarañas. Habría sido una gran foto. Paso por una terraza de una cafetería, una mujer me mira. En la floristería venden azaleas, pensamientos y ciclamanes. Una peluquera sale a tirar una caja de cartón al contenedor. Más árboles. Contenedores y en medio un buzón de correos. Me encuentro con dos amigos. Hablando con ellos les pregunto la hora. No llego a ruso, tengo que darme prisa. 

Guardo la cámara, me va a tocar correr. 

Salgo de ruso. La gente vuelve a casa a comer. En la villavesa es hora punta. La gente sale de la clínica y se va a casa a comer. Otros entran. Me monto en la villavesa. Mucha gente. Diferencia generacional en la villavesa: abuelas vuelven del paseo, adultos de trabajar, jóvenes del instituto o de la universidad. Hay mucha gente de pie pero también asientos vacíos. Me siento. Qué hambre tengo. Veo por la ventana gente en bici. Veo también gente andando. También hay gente corriendo. La gente en la villavesa conversa, escucha música…yo escribo lo que ellos hacen. Me bajo de la villavesa, saco una foto a mi plaza. Llego a mi casa. Ha venido mi hermano a comer. No le gusta que le saquen fotos pero le enseño que no tiene batería y se deja. Le saco también a su perrita, que también ha venido a comer. Mi madre también quiere salir. Saco a la comida: ensalada y lomo. La perra mira a la cámara. Llega mi padre, también le saco. Acabo de comer, me siento cinco minutos a jugar con Keltza (la perrita), me lavo los dientes, cojo el bolso de la universidad y me voy, tengo clase a las 16.00. Encuentro mi coche a la primera, pocas veces ocurre esto. Semáforo en rojo. Parking de Derecho. Edificio de Comunicación. Edificio de Derecho. Fachada de Fcom. 

Entro a clase, guardo la cámara. 

Salgo de clase. Parking de Derecho. Edificio de Comunicación. Edificio de Derecho. Arranco el coche. Semáforo. Aparco en mi plaza en un sitio diferente al de antes. A ver si luego me acuerdo. Parque de mi plaza. Siempre hay niños jugando. Han venido mi tía y mis primos de visita a casa. Les explico la práctica y se dejan sacar fotos. Preparo bien la mochila para el fin de semana en Barcelona. Enciendo el portátil. Pongo música. Organizo los apuntes de clase de la universidad en portafolios. Me llama mi amiga Estitxu para quedar, hoy empiezan fiestas de Cizur y a la noche hay concierto de AFU, un grupo de Barañain. Quedo con ella en una hora. Vagueo un poco en el ordenador. Me preparo, cojo el bolso y me voy. Ceno con ella. Vienen más amigas. Vamos al concierto. Acaba tarde, a la 1.15. Nos vamos, al día siguiente ella trabaja y yo viajo. Me despido de ella. Aparco en mi casa. Me despido del coche por un fin de semana. Subo a casa, me pongo el pijama, me meto a la cama. Me despido de la cámara. Estoy cansada. Me doy cuenta de que sacar fotos puede ser agotador.

domingo, 11 de septiembre de 2011

El árbol

Estaba rodeado de muchos como él y, sin embargo, llamaba la atención. No solo por los brillantes colores de sus hojas, sino porque tenía una imperfección: su tallo estaba torcido. Y, a pesar de ese defecto, o quizás precisamente por él, era el más bonito del parque. No era demasiado grande, ni demasiado pequeño. Su tallo no era ni muy gordo ni muy fino. Sus hojas, aunque llenas de luz, eran iguales que las de los árboles que estaban junto a él. Pero era diferente, y eso es lo que le hacía especial. La gente, al pasear, se paraba a mirarlo, primero con extrañeza y después con admiración. Irradiaba belleza. Parecía recordar a los paseantes que lo que te hace diferente también te hace especial.






"Así como el árbol se fertiliza con sus hojas secas que caen y crece por sus propios medios, el hombre se engrandece con todas sus esperanzas destruidas y con todos sus cariños deshechos" F. William Robertson