El mercado me recuerda a cuando era una niña y solía acompañar a mi madre a los mercadillos a comprar la fruta y la verdura. Siempre me acababa comprando algo. Me gusta andar entre los puestos, ver los vivos colores de la fruta, oler la carne cruda y el pescado, ver a la gente con sus carros de la compra... Pero sobre todo me gusta la alegría que invade todos los rincones del mercado. Los dependientes atienden con una sonrisa y los clientes responden con otra. Me gusta también la manera de tratar a los clientes como si fuesen de su propia familia: "cariño, ¿qué te pongo?", "mira, te aconsejo que te lleves esto, te va a encantar, es muy bueno", incluso hay trabajadores y clientes que, por coincidir muchas veces, se conocen y se ponen al día cada semana que se juntan ahí. La amabilidad del mercado engancha, por eso sigue habiendo personas que madrugan cada día para ir, y esa puede ser la clave para que este tipo de establecimientos continúe.







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